28 septiembre 2012

Noche de Museos en San Fernando


10 julio 2012

CUANDO ASOMEMOS POR LA VENTANA


Es noche fresca de febrero y él asoma por la ventana. El aire le remueve el cabello. Afuera la oscuridad salpicada de farolas.

En la habitación a oscuras voltea al lecho: ella lo mira, sus cabellos extendidos en brazos sobre la almohada, en sus ojos la mirada larga, y en su boca, los secretos que él quiere conocer.

Ella lo ve, siempre lo ve cuando él mira la calle por la ventana.

Se sienta junto a ella. La sábana dibuja su cuerpo, pero él quiere sus ojos. Son ojos de luz en la penumbra de la habitación.

Suavemente, pasa una mano sobre el rostro de piel tersa. Ella le sonríe y él nuevamente sabe que en esos labios, la historia está escrita: todo el pasado, todo el presente, todo el futuro y el significado de cada hora.

-¿Te he dicho que te amo? –susurra él.

Ella le sonríe con el descenso de las pestañas que a él siempre le ha parecido su expresión más cautivadora.

-No –le responde ella.

Él le toma el rostro, suavemente con ambas manos, y asiente.

-Te amo. Eres lo mejor que ha pasado. Eres todo lo que he soñado –y la besa en los labios.

Cuando él se levanta abre una gaveta del buró al lado de la cama, y saca una fotografía. Enciende la lámpara y mira la imagen: son él y ella, sonriendo a la lente, otra noche, la noche donde todo empezó. En sus ojos contempla la ilusión, la dicha.

Se levanta y mira de nuevo por la ventana.

Voltea hacia el lecho.

La cama está vacía.

Todo eso fue cuando ambos tenían 27 años. Aquellas noches, esta misma ventana y ella en el lecho, los besos, fueron entonces.

Y en su mano, una foto, sepia por el tiempo.

Y ella, hace mucho que no está.

Se recuesta y huele las almohadas, las oye crujir, la tela exhala el perfume de ella. No ha dejado de comprarlo, ni de rociar las sábanas, ni de sentirla presente cuando la nube de aroma se extiende en salpicaduras de estrellas y en ecos de besos, ni ha dejado de recostarse sobre las sábanas para aspirarlas, buscando  aquellas noches de Luna y de caricias, cuando todo empezó. Cuando todo prometía, cuando las calles eran suyas y con ellas el futuro, y la voz de ella y sus dedos entre los suyos y por eso en su vida no faltaba nada.

Hace 60 años.

Y de todo eso, algo no se reprocha, no le hace falta hoy, no se recrimina no haber hecho: la amaba, y se lo dijo. No se conformó con que ella lo supiera. Y así le cantó en las noches a través de los años, sin cansarse de decírselo una y otra vez, siempre como si fuera la primera. Y siempre tuvo la recompensa, el premio a su amor rendido: la sonrisa de ella y su mirada que le daba sentido a todo.

Hace 60 años. Y es increíble, como efímero es un suspiro, que haya pasado tanto tiempo, que ella no esté más y  se haya ido llevándose el corazón de él. Increíble, tanto tiempo, cuando para él, todo fue ayer. Sesenta años.

Ayer apenas fueron sus ojos y su aroma. Ayer apenas fue su voz y el inicio de la vida. Apenas ayer.

El anciano de blancos cabellos toma la sábana, la aspira, se abraza con ella en la habitación silenciosa. La luz de las estrellas brilla en el cielo de febrero.

No será por siempre, piensa él. No será por mucho más. El viento entra por el marco y remueve las cortinas, avivando el perfume. No por mucho más, se repite. De nuevo estarás conmigo, y saldremos cuando la vida se anuncia en las farolas. No mucho más aquí. No mucho. Pronto será esa noche. Y asomaremos de la mano por nuestra ventana.

13 febrero 2012

EL AROMA DE LOS DULCES CORAZONES

En la acera apenas iluminada, de espaldas a la vía sin autos, la luz del farol le daba en la espalda. No veía su rostro de cabellos largos, pero yo conocía sus labios, la mirada que era para mí la locura, el amor y el dolor: la pasión.

Lo sabía: su alejarse sin mirar atrás, viendo al suelo. Una forma de decirme no pienso y pienso en ti. Rechazo y carnada. Detrás de ella la noche y detrás de ella, yo.

Se iba, y como otras veces, una fuerza me impulsaba a ir tras ella.

Mas no fui. Yo sabía que eso era echar a andar de nuevo la historia de las caricias y de los dolores.

No fui porque recién me percatara del tono de nuestra relación. Hace mucho lo sabía y cuántas veces no lo había logrado. Aun sabiendo que me dolería, aun no deseando ir, siempre terminaba corriendo tras sus pasos.

Esta vez fue un simple hastío. Una sencilla decepción. Un elemental vacío.

Sé que, al alejarse, ella dio por hecho el final y dio por hecha su venganza cruel. No me respondería, ni me aceptaría de nuevo aunque terminara rogándole.

Di vuelta y me puse a andar, rápido.

Algo en el aire o tal vez en mi interior se desvanecía con la distancia.

La acera y la hora no me decían lo mismo que cuando estaba con ella, pero yo lo dejaba difuminarse.

Entonces encontré a alguien que no esperaba. Quizá a la última persona que esperaría. Ella salió de un minimercado, con guantes y una boina que remataban abrigo y bolsa con las compras. La luz que salía por la puerta transparente la acompañó a la calle.

Hacía tanto que no nos veíamos. Me sonrió y la identifiqué en segundos, aunque la pesadumbre me impidió sorprenderme demasiado.

Breve conversación y me ofrecí a cargarle la bolsa. Fuimos por la acera en la noche fría. Me dijo que había comprado harina y algo que no oí, para hornear galletas; la acompañé a su casa oyendo su relato de lo ocurrido en estos años. Al ver sus facciones risueñas, su voz dulce, no pude evitar compararla. Con ella no existía aquel misterio que convulsionaba la vida. Pero no era una oscuridad donde flotaran susurros, sino un día, tal vez una noche, formada de manos y de palabras y de verdades.

-Ven mañana –me sonrió en la puerta de su edificio- y haremos galletas.

Hacer galletas. El aroma del cacao, la calidez, la sonrisa. Una cocina compartida. Moldes, harinas, formas y decorados. Su mirada de placer al mirar las galletas salir del horno, y con eso, su sonreír en infinidad de instantes que eran otra forma de ser.

Hacer galletas. Una vida entera podía vivirse en la sencillez sin dobleces, sin trampas atractivas. Hornear y esperar juntos mientras por la ventana, resbala la lluvia y la luz corre afuera.

Ésta era una luz sencilla de sonrisas, de ternuras, de horas y de instantes sin pretensiones de abismos, ni de cimas, sino el aroma de los dulces corazones.

-Vendré mañana a hacer galletas –le sonreí, mirando sus ojos risueños; los faroles brillaban en halos sobre la calle–. En verdad, no me lo perdería por nada.

25 octubre 2011

BEATRIZ SALAS, ARTE E INTERPRETACIÓN

Interpretaciones de textos y no solamente lecturas, es lo que hace la talentosa Beatriz Salas. Me gustó mucho que interpretara un breve texto mío. Dicción educada, perfecta idea de los tiempos, más las virtudes del profesionalismo son el corolario de una voz gratísima. ¡No se pierda nadie, nada de su playlist!

24 octubre 2011

MI PEQUEÑA VIRTUD


Cuento de terror

Pasé tres desilusiones en mi vida. No sé como salí de ellas o mejor dicho, cómo caí. Amigos y familia siempre me han dicho que me sobrepongo por una virtud propia de mí. Dicen que soy dulce y que eso me ha hecho tanto bien, como mal.

No mencionaré su nombre, pero sí sus largos cabellos castaños y que en la escuela primaria me tomó de una mano y pasó una tarde conmigo. Siempre he sido tímido. No supe hacer nada, excepto seguirla y oírla, y no responder a nada. Al otro día me sentí más tranquilo y me dispuse a ser otro. Cuando la vi, ella dio vuelta con sus amigas. Nunca más me buscó, pero escuché sus palabras: “no pensé que fuera tan aburrido”.

Hoy me puede sonar bobo, pero fue importante. Tanto así, que tomé esas palabras como mi opinión. Adopté esa imagen y hasta años después, en la escuela preparatoria, volví a abrirme a otras personas.

Recuerdo el nombre de ella, pero ¿importa? No es necesario hablar mal de un rostro. No se debe culpar a nadie de lo que obtuvimos por error. Ella era… demasiado liberal para mí. No sé qué me vio. Por esos años mis conocidos coincidían con mi familia, por separado, en que yo necesitaba una pareja dulce como yo. Ella era lo contrario. Dudo que se propusiera dañarme. Vivía su vida y así me abandonó, sin decir adiós.

Esta noche, mi última decepción fue clara, la peor. Venía a pedirle a quien pensaba era mi pareja definitiva, que nos casáramos. Saqué mi auto de la agencia por la mañana, en la tarde arreglé asuntos para iniciar el capítulo feliz de mi vida, y cuando llegué por sorpresa a su departamento, con el anillo y para dar un paseo en auto, la encontré con un desconocido.

El estuvo cruzado de brazos, viendo al suelo, apenado, pero decidido a permanecer con ella. Ella, triste, pero también decidida a estar con él. En la puerta de su departamento me explicó mucho. Yo, como siempre, como cuando era niño, como siempre, sin saber decir algo, solamente oí y asentí, hasta que ella se tomó las sienes: “no me veas así. No des lástima”.

Salí del edificio. Llevaba el estuche con el anillo en una bolsa del saco. ¿Cómo todo había cambiado tanto?, pensé. Hace quince minutos eras feliz. ¡Todo este día fuiste feliz! ¡Y ahora no tienes nada!

Conduje sin rumbo fijo. Sin darme cuenta, poco a poco presioné el acelerador. Escuché bocinas, vi autos pasando fugaces. ¿Qué caso tiene?, pienso. Todas las veces sale mal, todo, siempre, todo, no sirvo para nada. Y acelero más.

Giro en una esquina a 90 por hora. Los neumáticos chirrían, mi auto casi vuelca. Por fin estoy libre, libre para burlarme de los sinsabores, de la nada y del todo. Los transeúntes gritan al ver que he entrado a alta velocidad, por error, en un carril equivocado. Voy en sentido contrario. Los fanales abren la calle y bañan de pálido los ojos que brotan en aullido tras el parabrisas de un auto que viene hacia mí. Sorprendidos, aterrorizados. Quiénes más. Son ella y él. No sospecharon que he calculado perfectamente el tiempo que les tomaría llegar a esta esquina. Un segundo antes del choque donde los tres vamos a morir en reventar de cristales y sangre, el tiempo se congela y aquí estoy, recordando el pasado que me trae a este instante, cuando pueden reconocerme por sus fanales en mi sonrisa y en mis luces su aterrada comprensión de que, como lo supieron las dos mujeres que llevo en la cajuela, mi pequeña virtud no es ser dulce. Sino que tengo buena memoria y un odio que nunca se apaga.

06 octubre 2011

DE CARA AL MAR



Veo tus ojos, ocultos tras tus párpados de largas pestañas, porque miras bajo, y tengo tus manos en las mías. Tus manos quietas, de tersa piel… ¿dudas? Pero, ¿por qué vas a dudar, si sabes que te amo? Y aun así, tú no sabes del todo, tú temes, tú no quieres dar un paso en falso.


Al caminar, tejes tus dedos en los míos y en ese contacto suave hay una conversación. Estar en este bosque es un milagro, la conjunción perfecta de instantes pasados que nos trajeron. Para mí, estar tan cerca de ti es haber hallado mi sitio en la vida, el Edén a la medida, sin más preguntas, sin más zozobras.


 Antes de irte, volteas y me sonríes, y yo sé que todo está bien.


Y esa misma tarde camino entre la arboleda, entre sus brazos donde el sol y las nubes son perlas de oro y plata. Entre los arbustos respiro el perfume de las rosas y escucho el canto de las aves. La mañana se oscurece, para brotar en atardecer que enmudece la vegetación. Se insinúa el frío en oscuridad del bosque, y en medio de la niebla salgo, aquí, a la orilla del mar.

No hay nada, nada que yo diga que pueda cambiar este sino de horas silenciosas. Nada que transforme el silencio en voces, la quietud en risas, en risas y manos el amargo abandono del mar.


Porque me hinco, y me abrazo a la roca que marca el sitio donde duermes.


No te has despedido de mí hoy, sino hace años. Fue en ayeres donde te besé y donde antes de irte, volteaste a mí y me sonreíste por última vez… 


Abrazo la roca como si tocara las madejas de tus cabellos, y las gaviotas vuelan… abrazo la nada, abrazo el olvido, abrazo el oscuro bosque y el mar helado, descubro la fría quietud del tiempo que todo lo roba y vuela, con nuestras luces, con nuestros colores.


El mar, y la distancia; el sueño, y el despertar; tú, y el viento que gira en susurros de hojas secas, manecillas de un reloj que no marca ningún tiempo…


Nada, nada que diga te hará volver. No hay combinación de palabras, ni de sentimientos, ni una hora precisa para reunirlo todo y con ello lograr que estés conmigo.


Y por eso abrazo la roca y me recojo en ella, apoyo la mejilla y la sien, como si pudieran tus manos volver de nuevo a mis cabellos… No importaría que fuera bajo este cielo gris. No importaría que fuera en la noche larga. No importaría que fuera bajo la lluvia próxima, tan próxima como mis lágrimas mansas que entre las hojas en vuelo, no se cansan de llamar. Esos abrazos y esas lágrimas que saben que no volverás, no me tocan más que el viento. No hay un beso que yo pueda dar. Nada traerá de vuelta a mí tus ojos, ni tus palabras, y yo siempre me preguntaré amor mío, cómo puede ser posible eso.


Cómo puede ser que lo un día tan hermoso y claro como mil soles en alas de gaviotas, unos ojos tímidos, unas manos suaves y el alma detrás de todos eso, se vuelva noche y viento, se vuelva nada y hojas secas, crepúsculos, coronas de espinas, espejismos de un rostro amado. Cómo es posible que en ningún sitio, en ningún mar, ni desierto, ni hora oculta, ni recodo, nunca vuelvan a aparecer, hasta que esa nada venga a este páramo. ¿Es posible que un día nadie venga a donde duermes, y que no esté yo para abrazarte,  que no vuelva y que tus ojos y tus manos en la arboleda, se esfumen por siempre jamás, junto con todo lo que sentimos y todo lo que fuimos?


¿Es posible que tú, el perfume de mi vida y la luz de mil mañanas misteriosas, no estés más?


Sí, es posible. Mas no me rebelo: esa es la historia y así es y me hallará aquí, esperándote, aunque sepa que nunca habrás de regresar. Pero ningún destino puede impedirme que venga donde duermes o vaya al santuario de mi amor por ti. Nadie puede impedirme que en la noche dance un vals con las luciérnagas, y te extrañe. Nadie puede impedir que diga tu nombre a las olas, ni que te mire en el cielo estrellado, ni impedir que seas en mi corazón el dulce tesoro de la primavera. No hay poder que me impida hablar contigo entre el murmullo del océano. A pesar de mis espejos, donde veo reflejados mis deseos de olvido; a pesar de las lunas donde despierto de golpe; nada me impide verte, ni besar tu corazón trémulo que era en mis manos una ardiente rosa delicada.


Y por eso vengo, mientras allá en la ciudad suenan las campanas luminosas de las noches marítimas. Por eso me abrazo a tu silencio y a tus manos idas como gaviotas en vuelo que no puedo tocar. Por eso dejo que mi corazón se desangre poco a poco, sin hablar, noche a noche, soledad a soledad, mientras el viento borra tu nombre de la roca y es ancla que me lleva a lo profundo del mar. Tal vez ahí, a fuerza de silencios rojos, la niebla y la nada abran su puerta, y a través de ella, me sorprendas una noche y vengas por mí.


Y aunque no vuelvas, aunque no te vea nunca más, aunque no vuelva a escuchar tu voz, que vuelen las fábulas y estallen los otoños, pues pese a la marea furiosa y en medio de su tempestad, en la nada absurda donde me encuentro sin ti, ayer como hoy yo te amo, vida mía. ¡Por eso no me olvides, por eso no me olvides nunca más…!

12 julio 2011

BLOGS FEMENINOS

Buscando información sobre anorexia para el trabajo, encontré unos blogs de chicas con esa alteración. De ahí navegué por sus contactos y fui encontrando blogs de muchachas en general. Me suscribí a algunos.

Antes de eso, me he suscrito a blogs de mujeres, como amigas mías o contactos surgidos en la red y, una vez más, me sentí atraído por la forma en que los elaboran. Tienen un aire intimista, personal, de vida y sentimiento, que un hombre no puede conseguir. Es desde el ambiente que les dan, la música que eligen y sus fotos, como la que incluyo en esta entrada, que leerlos es pasear por el alma de una persona,asomar a detalles, ver lo que ellas son, lo que quieren ser y es respirar un aire inaprensible, relacionado con la poesía de las palabras y de las imágenes, que, sospecho, en muchas ocasiones ellas mismas no saben que la despliegan.



My Beautiful Disaster, Dulce Introducción al Caos, El Color del Dolor es Rojo y muchos otros mas -estos son algunos de los que apenas pude ver- con sus instantes, sus alegrías, conflictos, estéticas a veces inusuales, otras evocativas y búsquedas, son ventanas a interiores de personas de una gran riqueza interior. Con mi modo a la antigua -modo por el cual dudo que deje comentarios, sino que seré espectador-, veo una vez más por qué, desde siempre, se ha visto a la mujer como la poesía.

24 junio 2011

NO SERÁ A MÍ

No estás conmigo… ¿y qué? Que no me ames, es tu imposibilidad, no la mía. Que me olvides, es tu pérdida, no la mía. 

¿A mí? A mí me basta con habértelo dicho; me basta con respirarte donde caminamos; me basta con recordarte como si esa tarde cuando te vi y te toqué, contara por años pasados, o como un futuro que no llegó. 

Esas pocas horas en que tú supiste, y yo me encargué de que no te quedara duda.

¿Piensas que voy a olvidarte, como tú a mí? Yo no tengo imposibilidades. 

Y eso es porque no temo, ¿sabes? Yo abrí los brazos, como mi corazón, y siguen así. Te lo dije, te lo pedí, aunque nadie me entendiera. Lo hice, aunque en ello inmolara afectos tan grandes como mi existencia. Lo hice, pese a que mi vida diera un giro por habértelo confesado y, aunque pasara de ser luz a sombra incomprensible. No me importó que mi pago fuera el silencio. Lo hice, aunque al final obtuviera de ti un adiós y nada más. 



No, con todo lo lo que no tuve y con lo que perdí, el destino no va a reprocharme que no hubiera vivido en llamas; que no hubiera imaginado otros mundos junto a ti; que no hubiera confesado mi locura a quien amaba o que nunca hubiera soñado o que nunca me hubiera atrevido. El destino no va a reprocharme que no me arriesgara por una locura, aunque ese destino me diera por recompensa, la soledad. No será a mí a quien las horas van a reprochar no haber dado el paso hacia un alma que se me tendía, no será a mí a quien la vida reclamará no abrir un mundo que estaba al alcance de la mano, porque no quise creer. No será a mí a quien la vida reproche que no me atreví. No a mí a quien, en la orilla de la nada, los besos robados estallen en cristales rotos… ¡porque no quise dar uno solo a cambio…!

¡No, te lo juro… no será a mí!

17 junio 2011

DESEO QUE NUNCA

No te tengo, no te tendré. Bien. Mi consuelo o mal deseo no es que un día, te arrepientas. No deseo que una noche te arrepientas por no haber deseado, por lo menos, hacer la prueba y saber si yo podía mostrarte un mundo que deseabas conocer. No.

Mi deseo es que nunca te arrepientas. Deseo que nunca te arrepientas de no haberme querido. Que jamás te preguntes nada.


Mi deseo es que mires por tus ventanas y sientas que estás bien. Que vayas por la calle y te tomes de la mano, sin tener la noción de que conmigo pudo haber sido mejor, pues yo sé con quién te quedarás. Por eso deseo que jamás vivas ningún vacío y te conformes con ese pobre amor, elegido a través de tus miedos, no de tu corazón. Deseo que de nada te percates, para que estés por siempre prisionera de tu engaño, de tu error, que continúes siendo la Bella Durmiente, viviendo un sueño y no una realidad. 

Te deseo por siempre presa, y que no despiertes nunca, pues más doloroso que escuchar un no, es decírselo a quien realmente te amaba, y no darse cuenta del error.




14 junio 2011

SOÑÉ QUE ERA UN POETA GRIEGO


Soñé que era un poeta de la antigua Grecia. Tenía una musa. En el sueño, los poetas tenían musas, mujeres con que los poetas podían tener o no, una relación sentimental. Mi musa, que además era mi amante, era de cabellos rubios ensortijados, típico perfil griego y grandes ojos color miel, rasgados. Tenía un poco marcada la mandíbulo. Ahora buscando una imagen para este post, encuentro una que se le parece. Ella usaba una diadema, pero pendientes no. Sabía su nombre en el sueño.

Yo tenía en casa, en un librero, papiros enrollados, un busto sin cara de mi musa y una efigie de ella, de arcilla. 

La veía en un parque que tenía a mesas de piedra y una fuente central. Vestíamos túnicas. Ella estaba bocabajo en la hierba leyendo.

Se recargaba contra un árbol y miraba a lo lejos con sonrisa triste. Sus grandes ojos se llenaban de lágrimas y se me ocurrió un poema que escribía en un papiro, en español. Al escribirlo me decía: sí, ésta es la forma que debe tomar.

Mientras escribía me di cuenta que soñaba y busqué despertar. Primero soñé que despertaba y lo transcribía. Lo releí tratando de memorizarlo, repasando a ratos el escrito. 

Al despertar realmente, traté de recordar las dos estrofas que compuse, pero sólo recordé una, anotándola al reverso de una impresión de computadora que empecé a leer ayer. 

El poema dice: 

No tengo voz, Flora,
no tengo voz, Diana.
No volveré a libar el vino de primavera
hasta que no tenga los odres nuevos.

09 junio 2011

ALTAR ROMANO

Tendría unos 6 años cuando vi por primera vez a la Roma antigua, en un diccionario Sopena, de mi padre. Desde entonces, he tenido la sensación de haber estado en la época romana.


02 junio 2011

EL VIOLÍN ENSANGRENTADO

Ocho cellos, 10 contrabajos, casi 30 violines, un arpa, instrumentos de viento, cuatro percusionistas y un director en la vorágine de la Quinta Sinfonía de Mahler.

Escuchando cuerdas y timbales, M se recordó dos semanas atrás. Al finalizar aquel concierto se internó en el pasillo para hablar con Ofelia, llevando el violín.

Los músicos intercambiaban animadas impresiones; M escuchó risas, recibió alguna palmada en la espalda y asintió a preguntas, sin saber qué le decían.

Llegó al camerino. Sin llamar a la puerta, abrió.

M lo sospechaba, pero verlo es distinto. Como si lo descubriera, experimentó el dolor de una puñalada en el corazón: Ofelia –la de rizos oscuros, la de miradas brillantes, su novia- y Sebastián, otro violinista, se besaban, de pie.

Después de la primera impresión, M se sintió lúcido, con los sentidos afinados.

Sorprendidos, voltearon a verlo. Ofelia con algo de pena; Sebastián, entre molesto y contrariado.

Eso fue hacía dos semanas, y ahora, M se levantó en la mitad del concierto, en medio del furor de las cuerdas, del estallido de los tambores, de las partituras que se deshojaban ante la furia de los sonidos.

Con el violín en una mano, M llevó la otra al interior del saco.

El Director lo miró, sobresaltado.

Durante todo el concierto, M lo llevó dentro del saco. Estiró el brazo en medio de los músicos -algunos lo vieron, deteniéndose, otros no y siguieron interpretando-, y accionó el revólver.

El primer disparo fue un desafinar en las cuerdas y lanzó a Sebastián contra el suelo, entintándolo de sangre; el segundo disparo fue el choque de címbalos que dio a Ofelia en una mano reventando su violín. Los siguientes fueron tañidos, los bemoles sostenidos de los gritos del público.

Yendo a Sebastián parsimoniosamente, M le apuntó y disparó una vez más, dos, tres, cuatro. Fin de la obra.

Ofelia, desesperada, se lanzó con las uñas, sobre M, pero éste la tomó por un brazo y la lanzó con furia sobre el cuerpo ensangrentado de Sebastián. Ofelia, sin fuerzas, no pudo hacer más que llorar y abrazar al caído.

Oyendo los gritos de Ofelia, M destrozó las manos de ella con disparos en golpe metálico de timbales, igual al los movimientos del concierto: 5 –allegro– 6 –rondó allegro–, 7 –vivace–, 8 –largo–... M perdió la cuenta, hasta el revólver chasqueó, vacío.

-Continúen –susurró M-. Sigan tocando su partitura.

Lanzó el violín al suelo y lo pisoteó. Ofelia había perdido el conocimiento.

Lo siguiente fue que M se sintió zarandeado por varias manos, apresado en medio de gritos sin orden.

Llevado por el pasillo entre los músicos, que le gritaban o se apartaban del paso, lo condujeron afuera entre personas del público que habían salido corriendo... parejas o familias se abrazaban en los pasillos, sollozando, incrédulas. M pasó a las manos de los policías del teatro, que le colocaron las muñecas a la espalda y doblándolas, lo llevaron a la calle.

El vehículo de la policía aguardaba en la acera. El fresco de la calle proporcionó alivio a M.

¿Si no es mía, no será de nadie?, se preguntó M. ¿Esa había sido la motivación?

Internamente satisfecho, M esbozó una sonrisa cansina. No, era algo diferente.

Era que ahora todos estaremos en la misma orquesta, interpretando la misma sinfonía muda y doliente.

Con las manos y el corazón destrozados, también Ofelia había interpretado su último concierto.


30 mayo 2011

SÓLO

Esta pasión me destruirá. Arderé en holocausto frente a tu indiferencia y dolor soterrado. Me consumiré en llamas, que se reflejarán en tus ojos, heridos por el pasado. Mis cenizas serán el único tributo que aceptarás. Sólo mi muerte te conmoverá, pues será un grito en el idioma que conoces. Y cuando me sientas perdido, ¡entenderás que yo te amaba y será demasiado tarde, como hoy lo quieres!